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Madre de Dios en Peru, 2020. Foto: Renting C.

Por Un

Cambio

Climático De

La Percepción

El pensamiento racional occidental impide una relación compasiva con el mundo. En cambio, en el norte global podríamos aprender de las tradiciones de sabiduría de las comunidades originarias para formar una ecología de la reciprocidad.

Por Frank Steinhofer
23 de agosto de 2021

Columnas de humo se elevaron, un fuerte viento las llevó a la distancia. La selva amazónica ardía. Era el año 2019, y los acontecimientos siguen siendo los mismos hoy en día. 

En las noticias circulaban imágenes de destrucción causando consternación en todo el mundo. Donde antes había un santuario de vida, ahora sólo hay cenizas. Los árboles antiguos se quemaron completamente, animales que lucharon por su existencia se carbonizaron miserablemente, y las comunidades originarias, como los Munduruku, que han cuidado la tierra durante siglos, perdieron grandes áreas de su territorio ancestral en un abrir y cerrar de ojos.

El grito de auxilio de una conocida desde São Paulo me llegó al celular. Está lloviendo ceniza, escribió alborozada, enviándome a mí, el autor que creció en Europa y vive en América, una imagen de un horizonte oscurecido que se acercaba amenazante a la metrópoli brasileña. Ya no podemos ni respirar ¡Mira al cielo, que el mundo sepa lo que está pasando aquí!

Quería decir tu mundo, el del norte global. Este mundo lo sabe, pensé con desaliento, pero ¿lo siente? Me sobrecogió la tristeza por lugares que desaparecen. Surgió en mi mente una pregunta que me sigue acompañando hasta el día de hoy cada vez que los bosques se queman, las especies mueren, los ríos se desbordan o el plástico llena los mares. Si el cambio climático es realmente tan importante para nosotros en las sociedades occidentales, ¿ha llegado alguna vez a nuestros corazones? ¿No es la crisis climática también una crisis en nuestra percepción, una percepción que todo lo racionaliza y le falta sensibilidad?

Al final de una cosmovisión mecanicista

“El hombre casi nunca llega a razonar con la razón”, señalaba el filósofo francés Montesquieu en sus Cartas Persas y temía ya en 1721 que como resultado de la aceleración de un aumento del conocimiento podría contribuir a la destrucción de la tierra, en la medida en que la producción específica de conocimiento adormece cualquier facultad sensorial.

Cuando se trata de cuestiones climáticas, la producción de conocimiento está en pleno apogeo. Los números, los mapas y las curvas se acumulan todos los días. Los científicos advierten las alarmantes consecuencias del calentamiento global. Sin embargo, los políticos apaciguan y hablan de la amenaza a la prosperidad, las empresas prometen reducir las emisiones. Se formulan metas de 1,5 grados y, al mismo tiempo, sobrevuela la idea de un termostato regulable. Se sigue escuchando que la naturaleza sufre, que finalmente hay que salvarla, por ejemplo con la geoingeniería.

La preocupación habla en todas las voces. Una urgencia que parece más que necesaria, dado que demasiadas personas aún niegan las consecuencias del calentamiento global. De todas las voces, sin embargo, se hace eco precisamente de esa cosmovisión mecanicista occidental, que durante siglos sólo ha convertido a seres humanos y naturaleza en objetos abstractos que había que dominar en lugar de establecer una relación compasiva con el mundo. ¿En qué manera? 

Descolonizar el pensamiento

El pensamiento occidental se basa en dualismos que atraviesan profundamente nuestra existencia, como describe el biólogo y filósofo alemán Andreas Weber. Los más poderosos son las divisiones entre naturaleza y cultura, cuerpo y mente. Conducen a una serie de otros opuestos: lo humano y lo no humano, lo real y su representación, lo secular y lo espiritual, lo individual y lo colectivo.

La mera existencia de estas oposiciones no es problemática, como sugieren los conceptos de yin y yang de la filosofía china, porque se complementan. "El problema radica en la forma en que tales divisiones son tratadas culturalmente", explica el antropólogo colombiano Arturo Escobar, "en particular en las jerarquías que se extienden entre ambas partes.” Es decir, en la medida en que a una parte se le atribuye la denominación de desarrollada, subdesarrollada, superior e inferior.

En el pensamiento occidental, el estado de naturaleza suele imaginarse como algo salvaje y crudo que puede ser civilizado con la razón (Hobbes). El cosmos de árboles, plantas y animales que nos rodea se rebaja a un espacio de recursos inanimados que sólo la razón puede aprovechar. (Descartes). La realidad se presenta como algo externo, que nunca podemos experimentar, sino sólo como una interpretación subjetiva de la misma (Kant).

Sacar la plenitud de la realidad por el ojo de la aguja del pensamiento racional es la raíz del pensamiento occidental, que fue moldeado por los hombres blancos y puede leerse como el resultado de un perpetuo e histórico esfuerzo de establecerse en la cima de las jerarquías construidas arbitrariamente para luego formar estructuras patriarcales y coloniales, con el fin de explotar a los demás, sólo para marcar su propia perspectiva de conocimiento como progresista, culta o universalmente válida.

Por ello, el antropólogo brasileño Eduardo Viveiros de Castro reconoce en la metafísica occidental "la fuente y el origen de todo colonialismo". La politóloga francesa Françoise Vergès señala que no hay que hablar de antropoceno, sino del capitaloceno racista.

Los dualismos occidentales no sólo perturban el mundo, sino que desencadenan en nosotros dolorosas experiencias de separación: Sentirse fuera de lugar, sentir que la vida no tiene sentido. Esto contradice la experiencia ecológica actual; las personas son seres corpóreos y amorosos, existen porque todo lo demás existe y se basa en una red de reciprocidad. 

Si nos preocupamos por la preservación de la tierra, sería necesario cuestionar rasgos básicos de nuestro pensamiento y así cambiar nuestra relación con el mundo. Parafraseando al activista medioambiental brasileño Chico Mendes: La acción ecológica sin un pensamiento descolonizado sólo puede quedarse en la jardinería. Sólo así podremos avanzar en la emancipación de todos los seres vivos y contrarrestar los procesos de alienación. ¿Cómo se puede lograr?

 

Imágenes de satélite de los alrededores del Parque Xingu en Brasil, una zona de resistencia de los pueblos originarios. (1984-2018).

Vivir con la tierra, no contra ella

Empecemos a disolver por fin la separación artificial entre naturaleza y cultura. No necesitamos entrar en la naturaleza, ya somos naturaleza, cuerpos vivos entretejidos desde el nacimiento en este mundo que no conoce lo externo.

Sigamos el crecimiento de las plantas mientras crean un espacio colectivo para respirar. Reconozcamos que el mundo de los vivos es un mundo de actores que crean activamente y remodelan constantemente su entorno. Todo organismo merece el derecho a ser preservado y regenerado. Las constituciones de Ecuador y Bolivia están impulsando este proceso, y en Suiza la dignidad de las plantas y los animales ya goza de reconocimiento legal.

Rompamos radicalmente con nuestra idea de conocimiento. Porque todo lo que vive sigue un sentido interior. “Hasta un árbol se hace ideas sobre el mundo", como describe el etnólogo canadiense Eduardo Kohn, que vivió durante años con los runa ecuatorianos en la Amazonia. Los sistemas de conocimiento occidentales tienen dificultades para transmitirlo, prácticamente lo bloquean. Al final tenemos que cocrear un mundo que dé cabida a muchos mundos. 

La sabiduría ancestral de comunidades originarias pueden servir de guía en este camino. Siempre han estado integradas en la continuidad de la vida en la tierra, forman parte de su conciencia, se entienden a sí mismas como seres entre muchos y se relacionan con todas las especies, plantas y hongos. La solidaridad para ellos es una forma de familiarizarse entre especies. No pretenden propiedad sobre la tierra, sino que de igual forma pertenecen a ella, cuidan comunitariamente y la mantienen fértil en el sentido de un bien común.

Hablo inevitablemente desde una perspectiva occidental, pero hablo desde el reconocimiento. Las comunidades originarias son siempre las más cercanas a la tierra, desde el principio y durante miles y miles de años los primeros custodios de un ecosistema que se basa en el sentido más profundo en la humildad, el hacerse uno con el otro y la reciprocidad. En una palabra: en el amor.

Dirigiéndose a la civilización occidental, Nernonte Nenquimo, líder de los Waorani que viven en la cuenca del Amazonas, dijo: "La Tierra no espera que la salvemos, espera que la respetemos. Y nosotros, como pueblos indígenas, esperamos lo mismo".

 

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