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Una familia de la Comunidad de Sarayaku regresa en barco después de una Minga. Kichwa. La minga es el máximo acto de solidaridad en una sociedad comunal. Foto: Nicola Ókin Frioli

El cambio climático desde la sensibilidad

Una corriente dominante del pensamiento racional de Occidente impide una relación compasiva con el mundo. En cambio, podríamos aprender a construir una ecología de la reciprocidad a partir de los desde hace mucho tiempo.

Por Frank Steinhofer, Fotos de Nicola Ókin Frioli
23 de septiembre de 2022

El fuego ardía. Columnas de humo se elevaban hacia el cielo y un viento fuerte las arrastraba a lo lejos. La selva amazónica estaba en llamas. Eso fue en 2019, pero la situación sobre el terreno sigue siendo la misma hoy.

Los noticieros se llenaron de imágenes de la destrucción, que causaron consternación en todo el mundo. Un lugar donde antes se había condensado un refugio de vida quedó reducido a cenizas. Árboles centenarios eran apenas tocones carbonizados, los animales habían sufrido una muerte lenta entre las llamas, y comunidades como los munduruku, que durante siglos habían cuidado la tierra, perdieron grandes extensiones de su territorio ancestral. Y no por primera vez.

Recibí en mi celular un pedido de auxilio de una conocida en São Paulo. «Está lloviendo ceniza», me escribió angustiada, y me envió a mí —un autor criado en Europa que ahora vive en México— una foto de un cielo oscuro que pasaba, ominoso, sobre laciudad brasileña. «Casi no podemos respirar. ¡Mira el cielo y dile al mundo lo que estápasando aquí!» Se refería a tu mundo, el del Norte global.

Ese mundo lo sabe, pensé desalentado, pero ¿lo siente de verdad? Me surgió una pregunta que me acompaña hasta hoy, cada vez que arde un bosque, se extingue una especie, un río se desborda o el plástico llega a los océanos: ¿ha llegado alguna vez el cambio climático a nuestro corazón? ¿No será la crisis climática también una crisis de nuestra percepción racionalizadora occidental, acompañada de una falta de sensibilidad?


 

 

Sobrevolando zona deforestada en la Amazonía hacia el territorio de Sarayaku. Provincia de Pastaza. Foto: Nicola Ókin Frioli

Al final de una cosmovisión mecanicista

“El hombre casi nunca llega a razonar con la razón”, señalaba el filósofo francés Montesquieu en sus Cartas Persas y temía ya en 1721 que como resultado de la aceleración de un aumento del conocimiento podría contribuir a la destrucción de la tierra, en la medida en que la producción específica de conocimiento adormece cualquier facultad sensorial.

Cuando se trata de cuestiones climáticas, la producción de conocimiento está en pleno apogeo. Los números, los mapas y las curvas se acumulan todos los días. Los científicos advierten las alarmantes consecuencias del calentamiento global. Sin embargo, los políticos apaciguan y hablan de la amenaza a la prosperidad, las empresas prometen reducir las emisiones. Se formulan metas de 1,5 grados y, al mismo tiempo, sobrevuela la idea de un termostato regulable. Se sigue escuchando que la naturaleza sufre, que finalmente hay que salvarla, por ejemplo con la geoingeniería.

La preocupación habla en todas las voces. Una urgencia que parece más que necesaria, dado que demasiadas personas aún niegan las consecuencias del calentamiento global. De todas las voces, sin embargo, se hace eco precisamente de esa cosmovisión mecanicista occidental, que durante siglos sólo ha convertido a seres humanos y naturaleza en objetos abstractos que había que dominar en lugar de establecer una relación compasiva con el mundo. ¿En qué manera? 

Descolonizar el pensamiento

El pensamiento occidental se basa en dualismos que atraviesan profundamente nuestra existencia, como describe el biólogo y filósofo alemán Andreas Weber. Los más poderosos son las divisiones entre naturaleza y cultura, cuerpo y mente. Conducen a una serie de otros opuestos: lo humano y lo no humano, lo real y su representación, lo secular y lo espiritual, lo individual y lo colectivo.

La mera existencia de estas oposiciones no es problemática, como sugieren los conceptos de yin y yang de la filosofía china, porque se complementan. "El problema radica en la forma en que tales divisiones son tratadas culturalmente", explica el antropólogo colombiano Arturo Escobar, "en particular en las jerarquías que se extienden entre ambas partes.” Es decir, en la medida en que a una parte se le atribuye la denominación de desarrollada, subdesarrollada, superior e inferior.

En el pensamiento occidental, el estado de naturaleza suele imaginarse como algo salvaje y crudo que puede ser civilizado con la razón (Hobbes). El cosmos de árboles, plantas y animales que nos rodea se rebaja a un espacio de recursos inanimados que sólo la razón puede aprovechar. (Descartes). La realidad se presenta como algo externo, que nunca podemos experimentar, sino sólo como una interpretación subjetiva de la misma (Kant).

Sacar la plenitud de la realidad por el ojo de la aguja del pensamiento racional es la raíz del pensamiento occidental, que fue moldeado por los hombres blancos y puede leerse como el resultado de un perpetuo e histórico esfuerzo de establecerse en la cima de las jerarquías construidas arbitrariamente para luego formar estructuras patriarcales y coloniales, con el fin de explotar a los demás, sólo para marcar su propia perspectiva de conocimiento como progresista, culta o universalmente válida.

Por ello, el antropólogo brasileño Eduardo Viveiros de Castro reconoce en la metafísica occidental "la fuente y el origen de todo colonialismo". La politóloga francesa Françoise Vergès señala que no hay que hablar de antropoceno, sino del capitaloceno racista.

Los dualismos occidentales no sólo perturban el mundo, sino que desencadenan en nosotros dolorosas experiencias de separación: Sentirse fuera de lugar, sentir que la vida no tiene sentido. Esto contradice la experiencia ecológica actual; las personas son seres corpóreos y amorosos, existen porque todo lo demás existe y se basa en una red de reciprocidad. 

Si nos preocupamos por la preservación de la tierra, sería necesario cuestionar rasgos básicos de nuestro pensamiento y así cambiar nuestra relación con el mundo. Se atribuye al activista brasileño Chico Mendes la frase de que la ecología sin
lucha de clases es jardinería; en el mismo espíritu podría decirse2: la acción ecológica
sin pensamiento descolonizado es solo jardinería. Sólo así podremos avanzar en la emancipación de todos los seres vivos y contrarrestar los procesos de alienación. ¿Cómo se puede lograr?

 

Imágenes de satélite de los alrededores del Parque Xingu en Brasil, una zona de resistencia de los pueblos originarios. (1984-2018).

Vivir con la tierra, no contra ella

Empecemos por fin a disolver la división artificial entre naturaleza y cultura y a abandonar todas las jerarquías. No necesitamos ir a la naturaleza, porque ya somos naturaleza: cuerpos vivos, tejidos desde el nacimiento en este mundo que no conoce límites externos. ¿Por qué no seguir el crecimiento curioso de las plantas, que crean con todas las cosas un espacio común para respirar? Sintamos que el mundo animado está lleno de actores creativos que transforman constantemente su entorno.

Toda agencia exige reconocimiento. La Constitución de Ecuador, por ejemplo, otorga amplios derechos constitucionales a la Madre Tierra o Pachamama. La Constitución suiza establece que debe respetarse la dignidad de las plantas y los animales.

Necesitamos una ruptura radical con nuestra idea del conocimiento, porque todo lo que vive sigue un sentido interior. Incluso los árboles "forman representaciones generales relativamente más matizadas y exhaustivas del entorno", escribe el etnólogo canadiense Eduardo Kohn, que vivió muchos años con la comunidad runa de la Alta Amazonía. Comprender esta red de significados exige respeto y sensibilidad.

A los sistemas de conocimiento occidentales les cuesta transmitirlo; más bien lo borran casi por completo. Al final, debemos co-crear un mundo donde quepan muchos mundos. Los saberes vivos de muchas comunidades3 pueden ser señales útiles en ese camino. Pienso en los campesinos de las chinampas de Xochimilco, que siguen cultivando las islas artificiales que sus antepasados construyeron en los lagos del Valle de México: una práctica que yo llamaría ecológicamente inteligente. Estas prácticas están arraigadas en la continuidad de la vida en la tierra; quienes las sostienen a menudo6 se ven a sí mismos como seres entre muchos y establecen parentesco con todas las especies, las plantas y los hongos. La solidaridad se vuelve una forma de ternura entre especies.

Muchos de ellos no reclaman la propiedad de la tierra, sino que pertenecen a ella, la cuidan de forma colectiva y la mantienen fértil como una causa común.

Inevitablemente hablo desde una perspectiva occidental, pero también hablo desde el reconocimiento. Desde hace generaciones hay personas que cultivan y defienden sus
territorios, y cuyas prácticas se basan, en el sentido más profundo, en la humildad, el don y la reciprocidad. En una palabra: en el amor.

Dirigiéndose a la civilización occidental, Nemonte Nenquimo, lideresa del pueblo waorani de la cuenca amazónica, dijo: "La Tierra no espera que la salves, espera que la respetes. Y nosotros, como pueblos indígenas, esperamos lo mismo."


 

 

Un barco recorre el río Bobonaza cerca de la comunidad de Sarayaku, dentro de la selva amazónica en la provincia de Pastaza. Foto: Nicola Ókin Frioli

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