Baños secos en el altiplano boliviano. Foto: AECID
Fans de Lady Gaga nos hicieron hace un tiempo una pregunta válida en un foro: ¿qué tipo de baños usa el museo Xinatli? La respuesta nos lleva directo a una de las preguntas más urgentes de nuestro tiempo: ¿cómo cuidamos el agua potable que cada vez escasea más en nuestro planeta?
Colectivo Xinatli, 18 de Junio de 2026
Aprovechamos la curiosidad de esa comunidad para hablar en este artículo sobre una ecotecnología que usamos en nuestro museo: los baños secos. Como su nombre lo indica, funcionan sin una sola gota de agua. Además, ayudan a regenerar suelos, a fertilizar plantas y a cerrar ciclos naturales que los sistemas de drenaje convencionales han roto. Aquí explicamos cómo funcionan y por qué persisten tantos mitos alrededor de su uso.
Ciudad de México enfrenta un estrés hídrico extremo. Los expertos advierten que el día en que el agua deje de fluir podría estar cerca. Foto: Jimmy Woo
El agua potable es un recurso limitado y esencial. Apenas el 3% del agua del planeta es dulce, y el cambio climático agrava su escasez día a día.
Ciudad de México, una de las metrópolis más grandes del mundo con cerca de 23 millones de habitantes en su zona metropolitana, está al borde de una crisis hídrica severa. Según reportó el New York Times, tres factores se combinan en la capital: el cambio climático, una expansión urbana sin freno y una infraestructura deteriorada.
“Nosotros estamos sufriendo de que está creciendo desmedidamente la ciudad y no se puede frenar”, dijo Gabriel Martínez, de 64 años, quien vive en un complejo de apartamentos con problemas de abasto. “No hay suficiente recursos”.
El agua subterránea, que abastece la mayor parte de la ciudad, se extrae el doble de rápido de lo que puede reponerse. El año pasado fue el más caluroso y seco de México en al menos 70 años.
Casi un tercio del agua de la capital la suministra el sistema Cutzamala, una de las redes de presas, canales y tuberías más grandes del mundo. Ese agua viaja decenas de kilómetros a través de enormes ductos hasta llegar a la ciudad. Sin embargo, cerca del 35% se pierde en fugas a lo largo de una red de más de 13.000 kilómetros (vulnerable a sismos y hundimientos), lo que equivale a 12.000 litros perdidos por segundo, cada día.
El atlas de estrés hídrico más reciente del World Resources Institute ubica a Ciudad de México en su categoría máxima: estrés hídrico “extremadamente alto”. Casi el 68% del país sufre sequía moderada o extrema, según la Comisión Nacional del Agua.
México es el país con mayor consumo per cápita de agua embotellada en el mundo: cada mexicano consume en promedio 273 litros al año, según datos de la ONU. Foto: David Sjunnesson

En ese contexto, una palabra resuena cada vez con más fuerza: el “día cero”. Es el momento en que los niveles caen tanto que el agua deja de llegar al grifo. Para el sistema Cutzamala, las autoridades llegaron a proyectar el 26 de junio de 2024 como posible fecha límite. Las lluvias de ese año alejaron temporalmente ese escenario, pero los especialistas advierten que la crisis no ha terminado.
“Te crea esta sensación de miedo, de ansiedad, de preocupación”, dijo Fabiola Sosa Rodríguez, investigadora de gestión del agua y políticas climáticas, al New York Times. Y Lizbeth Martínez García, de 26 años, que vive en Iztapalapa y depende de un camión municipal para abastecerse de agua una vez por semana, lo resume en dos palabras: “Tenemos miedo”.
Ciudad de México no es un caso aislado. Un estudio publicado en septiembre de 2025 en Nature Communications, reseñado por CNN, advierte que muchas regiones del mundo podrían enfrentar “sequías de día cero” tan pronto como en esta década.
Más de un tercio de las regiones propensas a la sequía – incluyendo partes de Norteamérica, el Mediterráneo y el sur de África – podrían vivir ese escenario antes de 2030. Ciudad del Cabo estuvo a punto del colapso en 2017 y 2018; Chennai, en India, casi se quedó sin agua en 2019. Hoy, ciudades como Tehrán, Kabul y Los Ángeles libran la misma batalla. Lo más alarmante: el estudio estima que las comunidades de bajos ingresos serán las más golpeadas.
Para Gustavo Dueñas, integrante del colectivo Nuestra Vida Verde en Hermosillo, entender que la crisis no es lejana fue el punto de partida. “El primer acercamiento que tuvimos fue en Ciudad de México. Con las amenazas del día cero nos empezamos a relacionar y a estudiar con diferentes proyectos relacionados al tema del agua y a la pérdida de suelo”, contó.
Y aquí entra en juego un factor que casi nunca se menciona: el baño.
Un sanitario convencional consume entre 3 y 12 litros de agua por descarga. Al año, una sola persona puede usar hasta 15.000 o 16.000 litros de agua potable, solo en jalar la palanca. Para dimensionarlo: esa cantidad alcanzaría para tomar dos litros de agua diarios durante 22 años. Lo que mandamos al drenaje en un año equivale al consumo de agua potable de toda una etapa de vida.
Pero el problema no termina ahí. Esa agua no desaparece: regresa contaminada al entorno. Las aguas residuales se encáuzan hacia el río más cercano y, eventualmente, al mar.
Las plantas de tratamiento serían la solución, pero su construcción y operación son costosas y muchas no funcionan a plena capacidad. Así, grandes volúmenes de aguas negras sin tratar llegan a ríos y lagos, contaminando justamente las fuentes que podrían ser alternativas de abastecimiento. Usamos agua potable para transportar nutrientes que después desechamos como contaminante. Es un sistema lineal con doble pérdida.
Como lo señaló Roberto Constantino Toto, de la Red de Agua de la UAM: México es “la principal economía del mundo que más agua embotellada consume”, reflejo del “fracaso de nuestra política hídrica”.
Una planta de tratamiento garantiza que el agua no contenga gérmenes ni químicos. La planta ASKI Tatlar en Ankara, Turquía, una de las más grandes de Europa, trata alrededor de 765.000 m³ de aguas residuales urbanas al día. El agua tratada se devuelve al río Ankara. Foto: Selim Arda Eryilmaz
Los baños secos invierten este principio. En lugar de usar agua para arrastrar los desechos, estos se cubren después de cada uso con material orgánico seco: aserrín, hojas secas, cartón o papel triturado.
El procedimiento es muy sencillo. “El baño seco funciona hasta en una cubeta. Ahí se depositan las excretas y la orina, con materiales secantes, siempre se cubre muy bien para evitar moscas u otros animalitos”, explicó Gustavo Dueñas de Hermosillo.
El material seco cumple varias funciones a la vez: absorbe humedad, cubre los residuos y activa un proceso natural de descomposición. Con el tiempo, mediante un compostaje controlado, los residuos se transforman en tierra fértil. El proceso tarda entre uno y dos años, tiempo suficiente para que la sequedad y la descomposición natural eliminen los agentes patógenos. Al final no hay basura, sino humus que regresa al suelo.
Los modelos con separador recogen la orina por apartado. Por su alto contenido de nitrógeno, puede usarse como fertilizante orgánico para árboles frutales y cultivos, tras un breve proceso de estabilización.
Lo más notable es su versatilidad: un baño seco puede empezar con una cubeta y escalar hasta cámaras de composta construidas en mampostería. Es una tecnología que crece con las necesidades.
Como lo sintetiza Las Cañadas, centro líder en agroecología en Veracruz: “Cerrar el ciclo del agua y los nutrientes no es una idea futura: es una práctica posible, probada y necesaria hoy”.

Habitantes de la comunidad de Las Guayabas, San Andrés Cohamiata, Mezquitic, Jalisco, participaron en un taller de capacitación sobre el uso y mantenimiento adecuados de baños secos. Foto: Jorge Avalos Ledesma, Difusión CUNorte


Fuente: Manual de construcción de los baños ecológicos / UNAM
La ventaja más evidente es el ahorro total de agua: cero litros por uso, en lugar de miles de litros al año. En la comunidad rural de Otepec, en Veracruz, la organización Bosque de Niebla instaló 30 sanitarios secos y cada familia ahorra alrededor de 55.000 litros de agua al año, que ahora pueden destinar al hogar.
La segunda ventaja es el saneamiento seguro. Al no usar agua, desaparecen las fosas sépticas, las filtraciones al suelo y la contaminación de mantos acuíferos, que son fuente frecuente de enfermedades gastrointestinales. En zonas donde las letrinas y fosas rústicas contaminan los pozos y manantiales, esto representa una ganancia enorme para la salud pública.
La tercera ventaja es quizás la más hermosa: los desechos se convierten en recurso. Lo que antes era un problema se vuelve fertilidad. El composta obtenido es rico en nutrientes, libre de patógenos y reemplaza fertilizantes químicos en reforestación, jardines y agricultura. “Hablar de baños secos es hablar de cómo regresamos a la tierra lo que alguna vez nos dio; lo regresamos incluso como alimento para el mismo suelo”, expresa el colectivo Nuestra Vida Verde.
A eso se suman argumentos prácticos: son más económicos y fáciles de mantener que los sistemas convencionales, no necesitan electricidad ni químicos, y funcionan sin conexión a la red de drenaje. La escala no es impedimento.
El centro de permacultura Las Cañadas los usa desde 1996 y desde 2007 imparte cursos sobre su construcción en Huatusco, Veracruz. En Bolivia se construyeron más de 5.300 baños ecológicos secos en 186 comunidades, adaptados cuidadosamente a la cosmovisón aymara y quechua. Y en Ciudad de México, una carrera ciclista con 2.400 participantes se realizó sin usar ni una gota de agua en sus sanitarios.
Uno de los retos prácticos más frecuentes es la disposición final de los residuos: ¿adónde van una vez que la cubeta está llena? En Oaxaca, la empresa W Seco ha resuelto este problema con un servicio de recolección a domicilio. Retira los contenedores, los lleva a un predio propio donde ya almacena más de 20 toneladas de material, y los transforma en composta en un proceso de un año. Este modelo de logística urbana es clave para que los baños secos dejen de ser una opción solo rural y se integren a la vida cotidiana de las ciudades.

Comodidad sin agua potable ni químicos: el área de lavado en Las Cañadas utiliza agua de lluvia filtrada para el lavado de manos. Foto: Frank Steinhofer


¿Por qué los baños secos no están en todas partes si tienen tantas ventajas? La barrera no es técnica, sino cultural. El baño con agua sigue siendo visto como sinónimo de higiene y progreso. Pero es justamente ese sistema el que nos ha llevado a la contaminación hídrica y a una desconexión total de los ciclos naturales. “Todavía se piensa que el desarrollo tiene que ser siempre un baño de porcelana con agua, pero hoy en día ese mismo sistema nos ha llevado a una gran contaminación del agua, incluso una desconexión total dentro de los ciclos naturales”, señala un integrante de Nuestra Vida Verde.
Varios mitos rodean a los baños secos, pero ninguno resiste un análisis mínimo.
Mito 1: “Huele mal.” Es exactamente al revés. El olor típico de los baños convencionales viene de que el agua encierra los desechos en un ambiente sin oxígeno, lo que provoca putrefacción. En el baño seco, el material secante absorbe la humedad y corta ese proceso. El tema de los olores pasa porque estamos acostumbrados a que el agua encapsula los desechos. Pero eso genera pudrición por falta de oxígeno. En los baños secos, la materia secante absorbe la humedad y elimina los olores. Quien abre un baño seco bien manejado no ve ni huele nada desagradable: solo aserrín.
Mito 2: “Es antihigiénico y peligroso para la salud.” Los residuos no se usan de inmediato: pasan por un proceso de compostaje controlado de hasta dos años, tiempo en el que la sequedad y la descomposición natural eliminan los patógenos. El resultado es tierra fértil, no un riesgo sanitario. Como en cualquier tecnología, la clave está en el uso correcto: cubrir bien, usar suficiente material secante y garantizar ventilación.
Mito 3: “Se llenan de insectos.” Porque los residuos se cubren sistemáticamente y no hay humedad estancada, las moscas y otros insectos no encuentran condiciones para reproducirse. La sequedad, de nuevo, resuelve el problema que el agua genera.
Mito 4: “Solo sirven para zonas rurales sin drenaje.” Los baños secos no son solo para comunidades alejadas. Funcionan igual en departamentos urbanos, escuelas, centros comunitarios, hoteles e instalaciones culturales. En Oaxaca, un espacio biocultural de hospedaje los adoptó. En Ciudad de México se fabrican con plástico reciclado y se ofrecen con servicio de recolección a domicilio. Como lo dice Las Cañadas: “Son para todas las personas que quieren heredar ríos limpios y suelos vivos”.
Con esto volvemos a la pregunta del foro. Que el Museo Xinatli use baños secos es parte de su identidad como museo ecológico. Un espacio dedicado a la relación entre personas y naturaleza no puede hablar de sustentabilidad mientras miles de litros de agua potable desaparecen por las cañerías cada día. El sanitario seco no es una curiosidad: es una práctica concreta que demuestra que el pensamiento circular no tiene que quedarse en la teoría.
Nuestra relación con los ríos, con el agua y con nuestros propios desechos tiene que cambiar. La crisis hídrica, que durante mucho tiempo pareció un escenario futuro, ya es presente en muchas regiones de México, Bolivia, Perú y el resto de América Latina. El día cero no es una amenaza abstracta, es una posibilidad real. La buena noticia es que cada persona puede hacer algo al respecto, y uno de los cambios más efectivos empieza en el lugar donde menos solemos pensar.
La verdadera revolución empieza en el baño.
Un sanitario de adobe: en el Museo Xinatli, los baños secos están construidos en adobe, no en concreto. Foto: Ilán Rabchinskey

xinatli – museo de investigación artística
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